domingo, 13 de agosto de 2023

José Alejandro Morales López. Pueblito viejo.


 

La tarde avisa que se va, las campanas de la iglesia anuncian el ángelus, los últimos sonidos del metal golpeado  se quedan suspendidos en el alma  y unos minutos después en un silencio casi perfecto, la noche empieza a aparecer y de manera mágica, unas estrellas tímidas rodean el astro esplendoroso,  presagiando el momento en que aquel hombre, poseído por una inmensa sensibilidad, mirando su consentida luna, escribe la canción más hermosa que estas tierras hayan creado. Es el compositor más universal que hayamos tenido, se trata de José Alejandro Morales López.

“Pueblito viejo” es una canción universal, su melodía, su letra, nos habla del origen, del paso del tiempo y de la aceptación de lo inevitable, es un regocijo de nuestros primeros pasos por cualquier calle. No existe colombiano que al escucharla, no sienta en el alma el trepidar del tiempo que se fue y el amor latente por su tierra.

Para saber algo de la vida de este ilustre compositor socorrano, el destacado comunicador social Puno Ardila Amaya nos permitió publicar un  hermoso fragmento de su libro sobre la vida y obra de José Alejandro Morales López.   

Expresamos nuestros agradecimientos a Puno  Ardila Amaya por la autorización para publicar este valioso texto.

Por: Puno Ardila Amaya.

José Alejandro Morales López nació en la Ciudad del Socorro, en el departamento de Santander, el 19 de marzo de 1913, en una finca cercana al casco urbano, de propiedad de su padre, el penalista Espíritu Santo Morales, y hoy de propiedad de la familia Silva Gómez. “Don Espíritu Santo”, como era conocido en la región, había empleado a la madre de José, Dolores López, para los oficios propios de una casa de familia, pero el nacimiento del niño, como es lógico deducir, generó una situación incómoda, puesto que don Espíritu era un hombre casado, de modo que no solo debieron enfrentar la negativa de la curia frente a la solicitud de bautismo del niño, sino que Morales debió adquirir una casa, en la calle novena con carrera trece, en el casco urbano del Socorro, para ubicar allí a Dolores y a su hijo recién nacido.

Allí se instalaron madre e hijo, donde Dolores ofrecía sus servicios en el cuidado de ropas, y donde desde muy temprana edad José se vio obligado a ocuparse, muy cerca de allí, a algunas casas de distancia, en una fábrica de cotizas, de donde fue despedido porque a su propietario le incomodaba que el chico prestara más atención al tiple y al canto, dos pasatiempos que estaba aprendiendo del “Negro‟ Barragán, un músico viajero que había llegado por esos días a la región, y que vio en el infante la posibilidad de enriquecer su propuesta en las ferias de los pueblos.

Con el socorrano Manuel Durán como primera voz y con el pequeño José como acompañante en el tiple, y eventualmente como primera voz en algunas canciones, el “Negro‟ Barragán, en la segunda voz y la guitarra, el grupo emprendió una gira regional con destino final Bucaramanga, pero el recorrido terminó cuando Barragán fue apuñalado en Barichara, al parecer como respuesta a un comentario imprudente suyo.

Con anterioridad, Barragán había dispuesto lo necesario para que Dolores se trasladara del Socorro hacia Bogotá en donde el cantante poseía un apartamento. Le dejó la llave del apartamento, la dirección y todo lo necesario para que viajara y se instalara en la capital.

Ella había emprendido la marcha hacia Bogotá, y solo pudieron encontrarse nuevamente, madre e hijo, muchos años después. Dolores se estableció en Fusagasugá, Cundinamarca, donde permaneció hasta su muerte, ocurrida en 1954.

De esta manera, cuando Manuel y José regresaron, la situación para este último, todavía un niño, se tornó muy difícil, por lo que decidió que su destino estaba en el encordado, y optó por buscar la tutoría musical de Francisco Benavides Caro, de quien fue acompañante en presentaciones, giras y conciertos. [1]

A su regreso al Socorro, recibió el respaldo de Ladislao Rangel para su aprendizaje en el oficio de la sastrería, la complicidad de los músicos de la región para su simiente como compositor, y la calidez de la sociedad socorrana para su formación como el hombre recto e intachable que siempre fue.

Desde muy temprana edad, José participó en la conformación de grupos musicales; uno de ellos, muy importante para él, fue Los Toretes, conformado hacia 1927 en el Socorro con Tomás Enrique Lerzundy Gómez, Julio Enrique Azuero López, Alcides Lerzundy Gómez,

Pedro Agustín Aulí y Próspero Aulí. José, el niño cantante, a la vez que iniciaba como intérprete vocal, se mostraba como ejecutante del tiple, se acompañaba sus canciones e integraba conjuntos musicales de la región. La más conocida de todas fue la Lira Calvo, que gran renombre cosechó en la provincia.

Con sus colegas, músicos y sastres, aprendió al mismo tiempo a cortar un género de tela y a mantener sus prendas inmaculadas, por lo que se ganó la imagen de hombre intachable, no solo en su modo de vestir, sino en sus maneras y en su trato con los demás: condiciones que lo convirtieron en el empleado ideal para la organización Ardila Lülle, en Sonolux, donde fue jefe de relaciones públicas hasta el día de su muerte, después de haber sido sastre, telegrafista, encargado de la maestranza del Ejército y periodista, y criticado por esto último, porque para muchos era inconcebible que un analfabeto –que jamás pisó las puertas de una escuela, ni siquiera para componer ese Camino viejo que habla de doña Inés y de su escuelita, que sería más por la añoranza de una educación formal que por la nostalgia de un ambiente educativo– pudiera haber sido funcionario del telégrafo, y mucho menos periodista. Y era inconcebible también que sin nivel alguno de escolaridad pudiera tener el dominio exquisito de la palabra, al hablar y al escribir, y una letra tan bella, y unas letras tan bellas.

El sábado 7 de septiembre de 1935, a los 22 años, José Morales dejó su Socorro, su tierra amada y sus entrañables amigos. El motivo exacto de su viaje no se pudo precisar. Hay quienes dicen que fue el nacimiento por esos días de su hija Josefina, otros repiten que fueron sus deseos de alcanzar nuevos horizontes, y otros, que fue por su intención de dar a conocer su obra, que tenía ya muy adelantada, pero la verdad es que en ese momento había avanzado poco en ella, y su inspiración llegó en firme cuando estaba en Bogotá, por dos factores trascendentales: el amor, fallido muchas veces, y su nostalgia por El Socorro.

La música le dio a José Morales la oportunidad de contar con un selecto grupo de amigos, entre los que se cuentan también quienes fungieron de maestros suyos, como Pacho Benavides y Julio Enrique Azuero, y de transcriptores, como Miguelito Durán López, y su más entrañable amigo y compañero, Jaime Llano González, a quien conoció por cuenta de su primera composición instrumental, Invasión de amor, que envió al programa que Jaime Llano tenía en la emisora Nueva Granada para que él la interpretara, y a quien inmortalizó con sus obras Jaime Llano y Titiribí, que compuso para su condecoración en Antioquia; Magdalena, por su mamá, y Marielena, como regalo por el nacimiento de su hija. Y tuvo muchos amigos más, algunos de ellos también inmortalizados en sus obras, como don Berna, que los convocaba en la sabana de Bogotá para las celebraciones de sus cumpleaños; el Chato Quintero, de la “Ciudad del Clima de Seda” [2]; Campo Aníbal Toledo –Campitos–, que canjeó con Miguelito Durán López apoyo en el estudio del derecho por tutoría para el aprendizaje del violín; Carlosé –Carlos Eduardo Vargas Rubiano–, su homólogo en la Flota Mercante Grancolombiana, y Luz Alba Porras de Gómez, una mujer que, con su esposo, Pedro, y su familia, lo acogió siempre en su hogar con todo el cariño, y para ella fueron Ojitos color de almendra, Así eres tú y Luz Alba, una danza que ha sido considerada por muchos una de sus mejores creaciones.

La música le dio a José Morales la oportunidad de cantarle al mundo campesino que deseó y al entorno socorrano que añoró, como “Ayer me echaron del pueblo‟, “Acuarela campesina‟, “Pañuelito blanco‟ “Chinita del campo‟ y “Camino de Pozo Azul‟, compuesto sobre el tiple en la parte trasera de una camioneta en uno de esos paseos que los socorranos siempre hemos emprendido a San Gil. Y no solo le compuso al Socorro “Pueblito viejo‟, popularizada con un lamentable error de texto en la interpretación de Garzón y Collazos, que, como muchos han dicho, con ese tema hubiera tenido para inmortalizarse, sino que sobre la idea del Socorro escribió muchas canciones, como “Socorrito‟, que nombra a su pueblo, y que es conocida, pero también muchas otras que hoy todavía no se conocen, y que como “Socorrito‟ parecieran escritas para una mujer, como el pasillo-canción “Regreso‟, compuesto el 1º de octubre de 1962, o “Me duelen tus penas‟, una “canción” compuesta el 16 de agosto de 1973, “con motivo del incendio que destruyó el Club del Socorro, en la plaza principal.

Según su amigos cercanos, José Morales era el hombre de las novias, tal vez por esa impresionante capacidad de la palabra, con la que osaba lanzar piropos, tan elegantes, que hasta el marido de la piropeada terminaba dándole las gracias. Tuvo mucho que ver con el nombre “Martha‟, por distintos motivos. Le gustaron las Matildes: una, hermana de Tomás Vargas Osorio, otra, Matilde Gómez Higuera, de quien estuvo muy enamorado, hasta que ella se casó en Bogotá. Tal vez para no complicarse con ellas, compuso de una sola vez un pasillo para las tres, “Matuchas‟, en plural. Y le cantó al amor, y más al desamor, o más bien a su mala suerte con el amor, pero no por falta de interesadas, sino por falta de decisión suya, que propuestas recibió constantemente, pero le gustaba mantenerse al margen de algunas situaciones, y seguramente un matrimonio hubiera cambiado radicalmente el sentido y el contenido de la mayor parte de sus obras. Canciones como “Así tenía que ser‟, que preguntó en serenata “¿Qué fue de aquel amor, que dizque me tenías; de ese amor del que tanto hacías alarde”, no serían el mensaje propicio más que para ahuyentar, cuando la intención sin duda era otra; o decirle a una mujer “¿Te fijas, qué fácil fue olvidarte?”, una canción en la que evidentemente se puso todo el corazón, pero que hacía evidente exactamente lo contrario.

Muchas canciones hay, de José Morales, que retratan, casi todas, en ocho versos su desamor y su sino en el amor, pero también prueban su enorme capacidad para decir en tan poco espacio todo lo necesario. Su universalidad se dibuja en la variedad de los ritmos de sus 213 obras, patente en su primera canción, Marta, tango-canción, y en la última, “En una noche de abril‟, bolero-balada. A él le gustaba plantear el ritmo de sus canciones con dos alternativas, una de ellas imprecisa (canción), como para darse la oportunidad cuando la interpretaba en las reuniones, cuando muchas veces las letras variaban su texto original.

José Morales era un caballero a carta cabal, como un príncipe, era esa su manera de ser.

Decente y culto en forma extraordinaria, dejó una imagen que hoy sigue siendo querida entre quienes lo conocieron y aun entre quienes solo tienen referencias suyas. Jamás se le notaba una pretensión. Gentil y grato, compartía en distintos grupos sociales su simpatía y sus composiciones. Allí demostraba la habilidad y la inteligencia con que componía sus canciones y a diario expresaba la importancia tan grande que daba a la amistad, que era el eje de su mundo. José irradiaba amistad hacia todos. En la calle, en Bogotá, demostraba cuán importante era. En cualquiera de sus salidas a pie la gente lo reconocía y lo saludaba con evidente cariño. En Bogotá, José tuvo todo lo que sus capacidades humanas y artísticas le merecieron. Muy pronto estuvo en los más connotados círculos sociales, artísticos e intelectuales. Sus nobles sentimientos y el infinito amor por su tierra y sus gentes muy pronto lo hicieron el primero de la élite artística de la nación. Su ejemplar desprendimiento de las cosas terrenales, su fidelidad afectiva y su inmenso acervo musical lo llevaron a la fama, situación que manejó de manera sin par. Nunca ambicionó ni el dinero ni el poder. Su mayor riqueza fue la amistad y el amor a Colombia y a sus gentes. Esto hizo de José A. Morales el Inolvidable, el Grande, el Inmortal.

En 1978, viajó a México. Antes de ese viaje, el 26 de mayo a las seis de la tarde, recibió un homenaje en Bucaramanga, ofrecido por la Gobernación de Santander. Después, recibió un homenaje en el Socorro, y el remate fue con sus amigos, cantando, como siempre. Cuando regresó a Bogotá, enfermó. Estuvo en su cuarto durante tres días, y luego salió para la clínica del Country, en donde fue atendido hasta su muerte, en la madrugada del 22 de septiembre de 1978, a los 65 años de edad. Cuando llegaba su final, pidió que Álvaro

Camacho, un hematólogo socorrano de hermosa voz, recientemente fallecido, le cantara el bambuco Dos corazones, de Virgilio Pineda, uno de sus temas preferidos.

Fue velado en la Funeraria La Candelaria y despedido por una multitud en la Iglesia de Nuestra Señora de Lourdes, en un acontecimiento no antes visto en Colombia. Fue la primera vez que se transmitió un funeral por televisión.

Cumpliendo con su deseo, manifestado en muchas oportunidades (“No olviden que cuando muera me entierren en el Socorro”), fue trasladado a su Pueblito Viejo, en un par de avionetas contratadas por Carlos Ardila Lülle, que transportaron sus restos, a su hija y a algunos amigos, hasta San Gil. Sus despojos mortales fueron trasladados al Rinconcito Amable de su Pueblito viejo, en el más sentido, cálido y humano acto que la Ciudad del Socorro haya vivido. Hoy José A. Morales descansa en paz. Su mausoleo fue construido en el jardín interior de la Casa de la Cultura del Socorro Horacio Rodríguez Plata.

José A. Morales, al decir del maestro Llano González, había sido galardonado con casi todos los premios del país. Recordó la “Orden del Pacandé‟, la “Orden del arriero‟ (entregada al único artista no antioqueño), la distinción como “Hijo emérito de Santander‟, “Medalla de Ibagué‟, varios discos de oro, “Orden del tiple‟, “Medalla del Mérito‟, “Artista del Año‟, de El Tiempo y muchas más. Jaime Llano dijo: “Solo le faltó la “Cruz de Boyacá‟, pues era el compositor que más galardones había recibido en el país, bien merecidos por sus grandes aportes a nuestra música popular”.

1: Este dúo de tiples actuó frente a muchos públicos: por ejemplo, en el Ateneo de Valencia (Venezuela), el 24 de febrero de 1943, donde interpretó temas de Calvo, Morales Pino y Benavides, y en Bogotá, el 29 de septiembre de 1945, en los salones del Cabaret Metropolitan, donde compartió honores con Lucho Bermúdez y Francisco Cristancho en una cena bailable que buscaba seleccionar al grupo de artistas que representaría a Colombia en los escenarios del mundo. José Morales viajó por dicha selección hasta Venezuela. El costo de la entrada, incluida la cena, era de quince pesos. A Benavides y a Morales se les conoció como “los Magos del Tiple‟, nombre que fue individualizado después para el icónico “Pacho‟ Benavides.

2: El autor se refiere al municipio de Zapatoca (Santander).

Mausoleo  construido en el jardín interior de la Casa de la Cultura del Socorro Horacio Rodríguez Plata.
 

Canción "Pueblito viejo" tallada en piedra en una calle del Socorro. 

Diferentes interpretes cantando Pueblito viejo.


sábado, 12 de agosto de 2023

Virginia Gutiérrez de Pineda, sus aportes a la investigación científica el pensamiento social y la complejidad cultural de la nación.

La investigación científica de la diversidad cultural colombiana y sus complejidades, el aporte significativo y de gran valor de la antropóloga  Virginia Gutiérrez a la ciencia y la cultura, de la profunda relación que puede tener la historia, la estructura de la familia en Colombia con la actual realidad del país, componen el universo de aportes significativos de esta importante mujer antropóloga, pensadora, que por su valioso trabajo en la ciencia, recibió el reconocimiento de incorporar su rostro en el billete de 10 mil pesos que comenzó a circular a partir de 2016.

Nace en El Socorro el 4 de noviembre de 1921 muere en Bogotá el 2 de septiembre de 1999. Máster en Antropología Social y Médica (1953-1954) Doctora en Ciencias Sociales y Económicas (1962) Educada en Universidad de California en Berkeley (Máster) Universidad Pedagógica Nacional (Doctorado).

En el artículo de reflexión titulado VIRGINIA GUTIÉRREZ DE PINEDA: Aportes al desarrollo del pensamiento social, del conocimiento de la familia y la formación de nación en Colombia. La socióloga Mary Luz Sandoval Robayo y el antropólogo César Moreno Baptista escriben: “Probablemente la vida de Virginia Gutiérrez de Pineda sea una de las más prolíficas e integrales que se puedan tener, envidiable para las mujeres de generaciones posteriores que tuvieron que escoger entre una carrera profesional o la opción de tener esposo e hijos. Su vida es manifestación del proceso de transformación de una sociedad que como la colombiana pasó del tradicionalismo rural de comienzos de siglo XX a una modernidad atropellada e incompleta a finales de los años noventa.

Hablar de Virginia Gutiérrez es hablar de su nacimiento en la provincia, que le dio a la vez la oportunidad de comprender los valores todavía campesinos, una infancia cuyas prohibiciones fueron el acicate para la lectura a escondidas, una personalidad sencilla, poco ruidosa, apacible, pero no con los defectos de la timidez; de una época de juventud que coincidió con una república liberal preocupada por la formación de nación, con la llegada de inmigrantes insignes provenientes de la Europa prefascista y con el arribo de intelectuales que escapaban de la Europa sacudida por el fascismo, dispuestos a hacer empresa académica en tierras americanas; de su juventud que le proveyó —en virtud del mérito producto de sus esfuerzos— del privilegio de estudiar con los mejores profesores de la escuela francesa y de la disciplinada y profunda escuela alemana: un consejo a tiempo para orientarla hacia el estudio de las ciencias sociales, una posibilidad de encontrar el compañero de su vida que compartiría con ella las labores de investigación, los viajes por el país y fuera éste; de unos hijos que no se convirtieron en obstáculo a su labor académica, sino que le dieron plenitud como mujer y madre; de unos obstáculos políticos que durante la república conservadora la impulsaron a viajar fuera del país; de la creación de la Universidad Nacional, que la orientó hacia la educación de otros y a la formación de una corriente de investigación que tuvo como motor desmentir la idea preconcebida según la cual la familia en Colombia era la herencia de una cultura decimonónica hispánica y no lo que ella misma había descubierto en múltiples viajes de exploración por todo el territorio nacional: un crisol de formas afectivas de relación entre mujeres, hombres e hijos. En fin, hablar de esta mujer es también hablar de la historia del país, de la formación de nación, de la historia de las primeras mujeres profesionales, investigadoras e intelectuales colombianas, de la historia de la antropología y de la sociología en Colombia, de la semilla de los estudios sobre las comunidades indígenas, de la familia urbana y rural, de los problemas culturales que se oponían a la racionalidad de la medicina moderna y del descubrimiento de la racionalidad alternativa de la medicina tradicional”.

Fuente documento original AQUÍ.


 

En cada esquina del Socorro nos espera una valiosa historia. Casa Berbeo.


 

En las esquinas más inesperadas del Socorro es fácil encontrarse con la historia, aquella que determinó en gran medida lo que somos ahora. Es como si el espíritu inquieto  de tiempos remotos se negara a desaparecer.

A un costado de la basílica del Socorro, se levanta imponente una vieja casa de estilo colonial, se encuentra intacta, apacible, como queriendo contarle al transeúnte desprevenido viejas historias de libertad.

Se trata de la casa donde el capitán Juan Francisco Berbeo vivió durante la revolución de los Comuneros. Aquí mismo muchos años después en 1880 funcionó el Banco del Norte, donde se emitió la moneda legal  para las rutinas comerciales.

¿Quién era Juan Francisco Berbeo Moreno?

Juan Francisco Berbeo  fue comandante general de la Insurrección de los Comuneros. Nació en el Socorro en 1739 y murió allí mismo en 1795. Hijo de españoles, fue regidor del cabildo y líder de la insurrección comunera del 16 de marzo de 1781 que protestó contra el imperio español, por el abuso de impuestos como la alcabala.

Berbeo fue proclamado comandante general del movimiento insurrecto junto a los líderes Salvador Plata, Antonio Monsalve y Francisco Rosillo. Con 20.000 comuneros reunidos,  la mitad de ellos indígenas, decidieron marchar hacia Santafé, pero en Zipaquirá se realizaron negociaciones  que condujeron a lo que la historia hoy conoce como Las Capitulaciones, estas se firmaron  con representantes del gobierno español, entre ellos el arzobispo-virrey Antonio Caballero y Góngora.

Según Pedro Arciniegas Rueda en una artículo de la revista Credencial nos dice que una vez firmadas las capitulaciones “el gobierno anuló, y los dirigentes que persistieron en el movimiento fueron ajusticiados. Berbeo reconoció la autoridad del rey y temporalmente fue corregidor del Socorro. Defendió su conducta en el movimiento y dijo que había sido obligado por un pueblo airado que él había dirigido con orden y seguridad, y con ello evitó el pillaje y la anarquía. Las autoridades españolas no lo sancionaron”.

Esos ecos del pasado de viejas luchas y glorias, caminan hoy apacibles por estas calles, en cada rincón, acariciada por el aire amable que se respira en El Socorro, se puede encontrar una brizna de historia viva, que ayudó a moldear lo que hoy somos como colombianos. 

Mural del maestro Hernando Carrizosa Ochoa en una avenida del Socorro. Este mural sobre la revolución de los Comuneros  del maestro Carrizosa permaneció por muchos años, hoy ya no hay vestigio de esta valiosa obra mural.

Entre 1981 y 1985 el maestro Carrizosa efectuó dos murales: "Homenaje a los Comuneros", en Socorro Santander, para el bicentenario de la Revolución Comunera.

 Para saber más de su obra comunera AQUÍ.